Mitos (y consecuencias) de la escolarización temprana (IV).

Vamos a terminar esta serie de artículos sobre la escolarización temprana como hicimos con la anterior serie (“Qué queremos para nuestros hijos”), con reflexiones a largo plazo; las implicaciones de nuestras decisiones.
Extenderé, a su vez, el espacio de dichas decisiones a todas aquellas relacionadas con la crianza, es decir, ya no me ceñiré a la guardería. Y, una vez más (llamadme “pesado”), partiré de la premisa de que no hay libertad sin conocimiento: no se puede elegir libremente si no se tiene la información disponible acerca de las consecuencias. Y la información que nos concierne a nosotros y al futuro de nuestros hijos no está tan accesible como creemos, ni se la espera: bastante ocupados nos tienen trabajando cada vez más por menos y proporcionándonos “opio” para los menguantes ratos libres -ya sea religión, fútbol, televisión o cualquier droga en sentido literal-, como para que nos pongamos a pensar en cosas trascendentales.
Empecemos por una anécdota: en una de las reuniones del Espacio para Padres y Madres de Andolina, mientras hablábamos del apego, un padre comentó un incidente reciente. No recuerdo si se trataba por un asunto de tráfico; el caso es que se produjo una acalorada discusión en la calle y mientras observaba la agresiva reacción de uno de los implicados, le dio por pensar en cómo debió ser su infancia para tratar así a otra persona siendo adulto, ya fuera por un asunto de tráfico o de cualquier otra cosa. [Aquí iba a poner la expresión “por ahí van los tiros”, pero parecería un comentario sarcástico. Luego pensé en “de aquellos polvos, estos lodos” y he resuelto dejar las expresiones para otra ocasión ;-]
No quiero simplificar ni ser determinista y aunque hay, como dijo Belsky en la entrada anterior, correlación entre tiempo pasado en la guardería y agresividad, debemos ser cautos y decir que nuestra conducta, en general, es resultado de una compleja interacción de factores con pesos variables, a saber: biológicos (como el temperamento que recibimos vía genética) y ambientales (como la cultura, el contexto, etc.), y la modulación epigenética que se puede dar entre factores de ambos grupos (desde la concepción, factores ambientales, como el estrés o la crianza, pueden incidir en la forma en que se expresan los genes que heredamos). Así, aunque el peso de los diferentes factores es variable, el que nos ocupa estos días, la separación de una cría humana de su entorno seguro (madre, padre, etc.) antes de que esté preparada para ello, tiene un peso significativo. Las investigaciones de las últimas décadas van afinando cada vez más y pueden “medir” el factor psico-afectivo y las consecuencias de alterar su desarrollo. Es una de las razones de que ahora se preste más atención a las emociones y al desarrollo afectivo (inteligencia emocional, empatía, etc.). Y es que, como han dicho, de diferentes maneras, todos los expertos que han pasado por aquí (por ejemplo, aquí la aportación del neonatólogo Adolfo Gómez Papí: “El bebé está diseñado para estar con su madre, no en otro sitio”): el establecimiento de un buen vínculo con nuestros hijos en los primeros años de vida (apego seguro) influye decisivamente en cómo se van a percibir a sí mismos, al mundo que les rodea y en cómo se van a desenvolver en él. (Volved a llamarme “pesado”) La separación precoz de un bebé de su entorno seguro y afectivo correlaciona con una mayor vulnerabilidad psicológica que se puede manifestar en problemas de: autoestima, inseguridad, miedo, comunicación, empatía, aprendizaje, relaciones, agresividad, ansiedad, depresión, etc. Insisto en que correlación, en este caso, significa un incremento en la probabilidad de ocurrencia de algunas de estas consecuencias, no que ocurran de forma automática. Y también en que, en situaciones “normales”, estos efectos pueden ser de leves a moderados. ¿Es el coste que tenemos que pagar por el ritmo de vida que nos impone esta sociedad?. Es decir, si a la hora de decidir tener hijos supiéramos todo esto, ¿no habría que pensar en qué parte de nuestro estilo de vida deberíamos renunciar para compensar esta deriva perversa que conduce, en mayor o menor medida, a un debilitamiento psicológico de nuestros hijos y, por ende, del conjunto de la sociedad?. Al final de esta serie de artículos llegaremos a una invitación a la reflexión sobre las consecuencias que la forma en que criamos a nuestros hijos puede tener en la sociedad.
Pero antes un poco de polémica para animar la lectura: cuando escribo “renunciar”, posiblemente habrá quien lea “sacrificar” porque considere un perjuicio el cambio vital que supone una “crianza con apego”, “crianza natural”, etc. De hecho, no poca gente se lleva las manos a la cabeza porque relaciona esa influencia “naturalista” con un retroceso “a las cavernas”, por oposición al progreso continuo e incuestionable que nos arropa en nuestras sociedades occidentales (???). El DRAE, en su segunda acepción define ‘progreso’ como: “Avance, adelanto, perfeccionamiento”. Perfeccionamiento de qué; esa ambigüedad permite que nos camelen con esa palabra aplicándola a cualquier cambio social. Pero, seamos un poco exigentes y pongamos algunos requisitos al criterio con el que se utiliza esta palabra; en mi caso, y sin necesidad de recurrir a Aristóteles, Turgot, Kant o Marx, diría que no hay progreso en algo que perjudica objetivamente a la especie o al entorno del que depende. Es decir, en mi opinión, cualquier “avance” en nuestra vida cotidiana no es progreso si se comprueba que puede provocar algún tipo de perjuicio o trastorno a la persona que hace uso del mismo o produce un deterioro en el medio ambiente, del que dependemos inevitablemente, comprometiendo la supervivencia de las generaciones venideras. Cada uno, obviamente, puede definir estos criterios como estime oportuno: todo depende del cristal con el que se mire, ¿no?.
• Y, ¿con qué cristal estamos mirando?: hay muchos. El del patriarcado que ha dominado nuestras culturas desde siempre, con su derivada machista. El del feminismo, ya sea el de la igualdad o el de la diferencia. Los del naturalismo, capitalismo, liberalismo, nihilismo, etc. Ya digo, hay muchos.
Time - Are you Mom enough?
Pongamos un ejemplo: hace poco más de un año la revista norteamericana Time publicó un artículo de Kate Pickert, “¿Eres lo suficientemente madre?. Por qué la crianza con apego está llevando a algunas madres al extremo y cómo Dr. Bill Sears se ha convertido en su gurú”. El Dr. William Sears es el Carlos González norteamericano, pediatra y uno de los principales promotores de la crianza con apego. La polémica, con ayuda de la provocativa portada que ilustra este artículo, se extendió por todo el mundo y, como era de esperar, suscitó opiniones enfrentadas que se añadieron a un debate permanente sobre progreso y crianza; ¿hasta qué punto deben los padres renunciar a sus expectativas individuales por criar a sus hijos cuando pueden delegar total o parcialmente esta función en instituciones especializadas?.
Como muestra de este debate, la opinión de dos mujeres. En primer lugar, la Catedrática de Ciencias Políticas, Edurne Uriarte, que publicó el 6 de septiembre de 2010 en “Mujer Hoy” el artículo “Las mamíferas”, del que extraigo unos párrafos:
“Un titular de un importante medio alentaba hace poco a la recuperación de nuestras esencias mamíferas. Y, como siempre, la cosa tenía truco de género porque se refería a las mamíferas y no a los mamíferos. Es decir, que las que debíamos volver al estado de naturaleza éramos más bien nosotras, claro está. En este caso, para amamantar a los niños y desechar el biberón.Lo que volvió a renovar mi inquietud ante esa avalancha de naturalismo que presiona a las mujeres durante los últimos años. Como si siglos de búsqueda de la sustitución de la naturaleza por la cultura, la ciencia y la razón no fueran con nosotras. Por eso me ha reconfortado tanto leer un fantástico libro de la filósofa francesa Elisabeth Badinter Le conflit, la femme et la mère (el conflicto, la mujer y la madre).Y me ha alegrado aún más que este libro haya sido tan bien recibido por los franceses y que se encuentre en la lista de libros de no ficción más vendidos en Francia. Porque Badinter denuncia precisamente eso, el retorno del naturalismo y la tremenda presión que se ejerce de nuevo sobre las mujeres para que sean madres perfectas de acuerdo con las leyes de la madre naturaleza. Para que sacrifiquen sus deseos de libertad, sus impulsos individualistas, sus metas profesionales, para que sean madres antes que mujeres.
[…]
…en el momento en que las mujeres occidentales han conseguido librarse del patriarcado se encuentran con un nuevo dueño en el hogar al que deben sacrificarlo todo, el niño. La maternidad se vuelve más exigente que nunca, la buena madre es la que condiciona su vida y sus objetivos a los niños. Lo que desmonta, a su vez, décadas de trabajo para desarrollar un cuidado de los niños compartido con las parejas.
[…]”.

Al comparar “la tremenda presión” que ejerce el naturalismo (una corriente marginal en la cultura occidental) sobre las madres, con la coerción ejercida por la religión y el patriarcado durante milenios, por un lado, o por la interesada inercia de un pseudo-progreso al servicio de la economía, por otro, puede uno valorar mejor el rigor de estas afirmaciones.
Desde el respeto por estas y otras opiniones, no puedo evitar hacer algunos comentarios desde una perspectiva, no ya naturalista sino, más bien, cientificista. Así, en la idea de “sustituir la naturaleza por la cultura…” se revela el error básico de este planteamiento: la Naturaleza es insustituible porque somos parte intrínseca de ella. Y la cultura es producto de una función psicológica y, subyaciendo, biológica: la cognición, es decir, el procesamiento de la información para adaptarse al entorno y cuyo objetivo último es la supervivencia de la especie. Y este producto/herramienta humana que llamamos cultura nos ha proporcionado grandes avances y no pocos retrocesos; la clave es discriminar unos de otros y elegir, libremente, lo que nos conviene. El problema es que, como decía el gerente de la fábrica de galletas en la entrada anterior, nos quieren hacer creer que podemos elegir y, a menudo, sólo nos dan opciones malas o peores.
A partir de la facilidad con la que Uriarte sustituye la lactancia materna por el biberón, me atrevo a poner un ejemplo extremo para ilustrar que dicha elección no es tan sencilla como quieren hacernos creer, pues se nos empuja sin escrúpulos hacia un modelo socio-económico y se ningunea la información que lo cuestiona. El ejemplo sería: en virtud de una fe en la superioridad absoluta de la ciencia y la tecnología, considerar mejor un corazón artificial que el corazón natural. Y no sólo eso; también creernos capaces de pertrecharnos de material quirúrgico para operarnos nosotros mismos y pretender hacerlo desconociendo sus efectos secundarios, la vida útil del aparato y el coste de mantenimiento del mismo, que sería a cargo de una empresa privada, por supuesto. Sustituir funciones biológicas no es gratis.
Volvamos a la libertad, tan falazmente esgrimida por los pseudo-liberales: nadie cuestiona hoy día la libertad teórica de elegir tener hijos o no, o cómo criarlos. Pero lo que Uriarte nos oculta es la realidad práctica; lo cierto es que en esta sociedad de hiperconsumo, los hijos se tienen cada vez más tarde o dejan de tenerse, no por falta de ganas (lo que nos pide el cuerpo) sino por el temor a no disponer, en un entorno laboral cada vez más precario, de los recursos suficientes para darle a la familia cierta estabilidad: tener a la familia en la cuerda floja es una fuente de estrés asfixiante. La ironía de este artículo en defensa de la libertad de las mujeres es que, aún con la supuesta presión del naturalismo, las mujeres que deciden tener hijos en este país no son libres, pues apenas pueden elegir cómo criarlos: la verdadera presión de esta sociedad, cuyas patéticas políticas de conciliación laboral y familiar sólo parecen respetar a los beneficios económicos, obliga a la mayoría a delegar parcialmente la crianza de sus hijos, por mucho que deseen quedarse con ellos los cruciales primeros años de vida. Entonces, a favor de qué hay una tremenda presión: ¿del biberón o de la lactancia materna?, ¿del individualismo o de la familia?, ¿de la realización profesional o de la personal?… Por otra parte, este tópico discurso en el que se tiende a equiparar la realización profesional con la autorrealización (santificarse por el trabajo) y el éxito económico con la felicidad, parece propaganda al servicio de unos determinados intereses económicos. Si supiéramos qué hay detrás de los mensajes con los que nos pastorean y pudiéramos elegir libremente cómo autorrealizarnos, otro gallo nos cantara.
Y para hablar de los roles de género o, más concretamente, del reparto de responsabilidades de la crianza entre los miembros de una pareja, debemos remitirnos también a los hechos para tener una idea coherente de la vida real. Somos organismos biológicos. Nuestra especie, homo sapiens, presenta dimorfismo sexual como resultado de la presión selectiva: la evolución ha proporcionado a la mayoría de los animales la reproducción sexual, como estrategia reproductiva/evolutiva para aumentar la variabilidad genética, lo que conlleva unas diferencias morfológicas, fisiológicas y conductuales. Esto nos lleva a tener algunas funciones biológicas diferentes, es decir: mujeres y hombres estamos especializados en diferentes “tareas”. La Naturaleza ye lo que tien. Ahora bien, utilizar esa diferencia como pretexto para la dominación de un género por otro es una actitud que nunca dejará de ponerse en cuestión porque: ¿es conveniente?, ¿es moral?, ¿nos hace felices?, ¿a qué nos conduce?…Las tareas, sí: salvo para la gestación y la lactancia, el hombre no tiene ninguna limitación biológica para cuidar y criar a un bebé. En el nivel psicológico también hay cierta limitación para el hombre: la madre tiene una conexión más estrecha con el bebé, que se puso en marcha en la gestación. Pero no es obstáculo para que el hombre pueda criar amorosamente a un hijo. La cuestión es; en realidad son dos:

  • A la hora de compartir la vida con alguien, ¿qué tipo de relación quieres?: un/a subordinado/a o un/a amigo/a. Y tanto la amistad como el amor, ¿no es disfrutar de la vida conjuntamente?, ¿hacerse felices mutuamente?. Entonces…
  • Y, lo que es más importante: ¿qué relación quieres con tu hijo?. La profundidad de la relación, actual y futura, va a depender de la cantidad y calidad del tiempo que pases con él (no se compensa una cosa con la otra, como algunos creen), y del tipo de cuidado que le proporciones. Entonces…

En cualquier caso, si la mujer ha tenido la suerte o la desgracia (elige el cristal con el que mirarlo) de ser designada por este proceso evolutivo como la más indicada para estar con el bebé -aunque, como sabemos, no tiene la exclusiva-, la sociedad no debe penalizarla por ello (como sucede actualmente) sino recompensar, más que compensar, una función de la que ya sabemos, a ciencia cierta, que es esencial para el progreso de la condición humana. Aquí sí, el término “progreso” adquiere todo su sentido. Favorecer la maternidad, la paternidad, la vida familiar, en definitiva, sí es un avance social. Pero no es lo que está pasando, ¿verdad?. El por qué lo esbozaremos al final.

Rematando; tanto Uriarte como Badinter (filósofa francesa que tampoco se caracteriza por el rigor a la hora de contrastar sus fuentes científicas) son, en mi opinión, un ejemplo de enajenación ideológica: un legítimo ejercicio de divagación en el nivel de las ideas y las creencias, ajeno a los hechos (biológicos, en este caso). La negación de la biología, que es el nivel básico, y subyacente a la psicología, de explicación de la conducta, forma parte de esos discursos que pretenden reducir la tensión que se produce entre lo que nos pide el cuerpo (tener y criar a nuestros hijos) y lo que nos vemos abocados a hacer finalmente por múltiples presiones (no tenerlos o separarnos de ellos mucho antes de tiempo). Es decir, son argumentos para reducir el malestar que produce la disonancia cognitiva de la que hablé en el primer artículo de esta serie.

PD: hablando de la serie; pretendía que este fuera el último artículo de esta, pero como quiero enseñaros cristales de varios colores, y el siguiente es, en mi opinión, mucho más sugerente que el anterior, quiero darle más espacio. Pero esta entrada se haría muy larga y no os quiero robar tanto tiempo de una sola vez. A cambio, no tardaré en publicar la quinta y, creo que sí, última parte de esta serie. La están peinando…

Referencias, además de los enlaces de más arriba, para quien quiera profundizar:

  • Psicología Infantil: El peso del apego temprano, K. Gaschler en Mente y Cerebro, nº60, págs.34-40
  • Psicología infantil: Disorganized attachment in early childhood: Meta-analysis of precursors, concomitants, and sequelae. M.H. Van Ijzendoorn et al. en Developmental Psychopathology, vol 11, págs. 225-249, 1999.
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