Diario de un papá en los campamentos de refugiados en Grecia (tercera parte).

Javier Herrera, uno de nuestros papás, acaba de participar como reportero en una misión de Amnistía Internacional para llevar mensajes de apoyo a los campamentos de refugiados en Grecia. La campaña recibe el nombre de ”Yo acojo – I welcome”. Nuestro cole Andolina ha colaborado grabando su propio mensaje, incluido en un vídeo que la delegación de Amnistía mostró “in situ” a varias personas refugiadas. Las imágenes, de lo más emotivas, nos han impactado. Hoy compartimos la tercera y última parte de su diario de viaje, para que todos y todas podáis conocer más de cerca su vivencia.

DOMINGO, 5 de febrero de 2017

11:54 horas – Aeropuerto de Atenas

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El viaje toca a su fin. Y mi mochila vuelve más cargada. De experiencias, de emociones, de duras conversaciones… De gestos de desesperanza, rostros deprimidos, miradas tan profundas que albergan un dolor difícil de imaginar… De suspiros angustiosos, como los que dieron tres mujeres sin maridos después de preguntarnos si Europa se dignará a abrir de nuevo las fronteras. De lágrimas de impotencia, como las de un hombre de 36 años, camarero, desesperado por haber pagado un dineral a las mafias para que llevaran directamente a su familia a un país europeo que no fuera Grecia. Y aquí están, les engañaron, en un campamento próximo a Atenas… sin dinero, sin trabajo, sin nada que hacer salvo esperar y esperar, un día tras otro… ¿Pero esperar a qué? ¿A que reabran las fronteras? Es duro, muy duro decirles a estas personas que no creemos que las abran, o al menos como antes. ¿A volver a su país, cuando no tienen nada, ni casa, ni dinero, ni futuro allí…? ¿Volver para qué? ¿Volver cuando muchos de sus familiares murieron a manos de los talibanes, la guerra en Siria o el Estado Islámico? ¿Volver para estar de nuevo perseguido, discriminado, expulsado… como los kurdos y yazidíes?

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Sólo tienen otra única opción: conseguir más dinero, como sea, no se sabe muy bien cómo, para volver a pagar a las mafias y lograr que alguno de los chavales o alguna de las peques de la familia, el más despierto, la más desenvuelta, pero en cualquier caso menor de edad, atraviese las fronteras griegas de forma ilegal. De esa forma, si logra llegar a Alemania, por ejemplo, las autoridades están obligadas a buscar a su padre y a su madre, permitiendo la reunificación familiar en su territorio. Es una opción, sí, pero te juegas la vida de tu hijo, o que violen a tu hija en la dura travesía. Muchas familias es lo que están haciendo. En el campo de Illiniko nos encontramos a dos chicos. Uno tiene 17 años, pero ante las autoridades griegas ha dicho que tiene 18 para no ser trasladado a un centro de menores y recibir los 80/90 euros al mes asignados a los refugiados adultos. Salió de Afganistán con 11 años para buscar en Europa un futuro mejor. Y aquí está, varado, angustiado, preguntándose por qué un ser humano merece estar como él, compartiendo tienda con otros chicos de su edad en el interior de una vieja terminal aérea abandonada. Qué paradoja. Una terminal de aeropuerto. Un lugar desde el que poder llegar a donde quieres. Pero esta terminal está cerrada. No tiene aviones. Sólo viajeros sin billetes. Muchos, demasiados… Personas que como este chico, no pueden ir a ninguna parte y se consumen a diario porque no tienen nada que hacer. Por eso algunos chavales acaban merodeando de día por la plaza ateniense de Omonia, consumiendo drogas e incluso prostituyéndose.

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H3.pngEs surrealista. En este campo, en Illiniko, hay tres núcleos donde malviven las personas refugiadas. La terminal, un pabellón descubierto de béisbol en desuso y un viejo estadio de hockey. La imagen te descoloca. Porque, en efecto, todo lo que ves está descolocado, fuera de lugar… Impresiona ver desde lo alto de las gradas, con decenas de hileras de butacas azules vacías, semejante espectáculo. No, no es un evento deportivo, ni un concierto de música…que es lo que tu cerebro relaciona con el entorno. En el campo de juego se amontonan frágiles tiendas de campaña. En varios campamentos algunas de ellas se hundieron con la nieve tras la última ola de frío. Al observar las butacas solas, inertes, impasibles…, un pensamiento se me viene irremediablemente a la cabeza: la inacción e irresponsabilidad de los gobiernos europeos, que han cerrado los ojos para no ver semejante espectáculo dramático. Las cifras no engañan. El número total de refugiados no es mayor que las víctimas de un terremoto o un huracán. Es este un conflicto “menor”. Sí, cuesta emplear esta palabra ante la magnitud de la tragedias de estas familias, pero es así. Y Europa no es capaz si quiera de dar una solución acorde. España se comprometió en 2015 a acoger a unos 17.000 refugiados. De momento sólo ha recibido a poco más de 1000. ¿Dividimos 16.000 entre el número de ciudades españolas? No hace falta hacer el cálculo para saber que hablamos de cantidades perfectamente asumibles que todos y cada uno de los países europeos podrían absorber proporcionalmente sin problemas de ningún tipo. Falta voluntad, falta ética, faltan muchas cosas… ¿Esta es la Europa que queremos?

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